
Al despertar, el típico hombre moderno extiende un brazo hacia la mesita de noche en la que deja cargando su teléfono celular. El celular es –inequívocamente- un Smartphone.
Tal vez él o ella no recapacite nunca en el siguiente detalle: justo antes de presionar la tecla que ha de despertar a su celular, por un efímero instante, aparece su reflejo en la pantalla apagada.
Un reflejo a medias, todo borroso y extraño. Aparece ahí una figura casi irreconocible, poco más que un mero contorno, una especie de sombra.
Detengamos la escena en ese preciso momento y echemos un vistazo en la habitación de esta persona moderna.
Mientras se ve –sin verse- en la pantalla de su celular, una pantalla apagada de televisor de no menos de 40 pulgadas muestra su reflejo al mismo tiempo.
Fast Forward: el hombre se baña, se cambia, desayuna, conduce hacia la oficina, se sienta en su escritorio frente a una computadora.
De nuevo, la pantalla apagada de la computadora emite –por así decirlo- su reflejo.
Vivimos rodeados de espejos negros: los dispositivos de comunicación y entretenimiento a los cuales somos adictos.
Dispositivos que, de manera sarcástica y retorcida, cuando están apagados o en stand by y nos ponemos frente a ellos nos muestran como lo que estamos a punto de convertirnos al utilizarlos: una mentira, una versión distorsionada de nosotros mismos en la que apenas y se puede distinguir uno que otro rasgo verdadero.
A propósito del reciente anuncio del lanzamiento de la nueva temporada de Black Mirror, una serie de televisión inglesa que trata diversos temas del mundo moderno, como la hiperconectividad y las redes sociales.